¿Existe la guerra ideológica? Y de existir, ¿cómo se manifiesta? Resulta improbable que en ella los diferentes combatientes se arrojen los hunos a los otros palabras incendiarias como armas de destrucción masiva aunque a veces la metáfora dista poco de ser real-.
Esto me lleva a otra pregunta, ¿cual es su anatomía? De existir, la guerra ideológica requiere, como cualquier otra, de un inevitable campo de batalla. Esta, en un primer momento podría ser quizás el de los medios de comunicación, y como mucho hacerlo extensivo a ciertas instituciones como la Escuela o la Iglesia. Pero no; el campo de batalla no es otro que la ciudadanía, que en el argot de los combatientes se torna masa mass media- a la que hay que seducir, violentar, provocar, engañar, asustar, distraer e intimidar, a efectos precisamente de que no piensen por ellos mismos y actúen, o impidan con su pasividad o su rechazo determinadas actuaciones políticas.
En cierto modo, la guerra ideológica no es otra cosa que la negación de las propias ideologías. Y esto porque, en primer lugar, niega el derecho de ser de las otras, y, en segundo lugar, y principalmente, porque atenta contra la noción misma de ideología, en tanto que sistema ordenado de ideas, supuestamente validado por una mínima contrastación histórica o empírica.
¿Y qué armas emplea? La guerra ideológica reemplaza la información por la propaganda, el debate por la demagogia, la calificación por la descalificación, la argumentación por la consigna. Su propósito final, como cualquier guerra es la conquista. Conquista ideológica de las masas, que tras asumir ciertas opiniones y satanizar las contrarias, se encuentra a merced del sesgado punto de vista del vencedor y acepta, sin demasiados miramientos su agenda política por disparatada, o contraria a sus intereses que ésta sea: invadir el país de turno, condenar a la cárcel a niños de once años, liquidar la seguridad social, envenenar a la población con emisiones de CO2.
Y en el camino, quedan las víctimas de la batalla, de un lado los adversarios ideológicos, y de otra, la Historia deformada y retorcida- y la Razón misma prostituida de tanto haber sido invocada-.
Porque al final de la historia la moraleja siempre será la misma, a saber: que la ideología dominante, -victoriosa triunfal de la batalla ideológica- siempre será la de la clase dominante -también victoriosa de otras batallas, y en este caso aún menos incruentas-.